Hay modas que aparecen sin hacer ruido, casi como un juego inocente…
Hasta que un día te das cuenta de que dejaron de ser un juego.
En los últimos años, una escena se ha vuelto cada vez más común: niñas de 7, 9 o 11 años caminando por tiendas de cosmética como si fueran consumidoras expertas, eligiendo tónicos, mascarillas “kawaii”, brumas para el rostro y cremas “anti-edad” que no necesitan. Lo que empezó como una curiosidad en redes sociales se ha transformado en una tendencia global que los especialistas ya catalogan como preocupante.
Hoy existe un nuevo fenómeno: los productos de belleza dirigidos a niños y preadolescentes. Y entender qué está pasando —y qué riesgos implica— es clave para cualquier mamá, papá o adulto responsable.
El fenómeno de las “Sephora Kids”: cómo una tendencia de TikTok pasó a los estantes de las tiendas
Todo comenzó con videos aparentemente tiernos: niñas imitando a influencers y celebridades en sus rutinas de skincare. Grababan “Get Ready With Me”, mostraban sus compras y decoraban su baño con envases color pastel.
Pero ese juego se volvió viral. Y cuando algo se vuelve viral, inevitablemente se vuelve negocio.
Marcas enormes del sector de la belleza detectaron que miles de niñas entre 6 y 12 años consumían contenido sobre cremas antiarrugas, ácidos exfoliantes, tónicos faciales y mascarillas. Entonces apareció un nuevo nicho: cosmética infantil que, en realidad, es solo maquillaje o skincare adulto disfrazado con envases “cute”.
Algunos ejemplos del mercado actual:
- Mascarillas para niños desde los 3 años, con forma de panda, unicornio o arcoíris.
- Cremas y tónicos especialmente “pensados” para preadolescentes, aunque comparten fórmulas e ingredientes con los productos de adultos.
- Lanzamientos impulsados por celebridades, influencers o actrices, que se presentan como líneas “seguras” para piel joven, pero que muchas veces incluyen fragancias, colorantes y activos innecesarios.
Lo más alarmante es que la mayoría de estos productos explota un deseo que no debería existir en edades tan pequeñas: la idea de tener “una rutina de belleza”.
Lo que realmente preocupa a los dermatólogos
La publicidad puede disfrazar muchas cosas, pero hay algo que no puede cambiar: la piel de un niño no funciona como la de un adulto.
Los dermatólogos llevan años advirtiendo que:
Los niños no necesitan cosméticos
Su piel se renueva sola, produce más colágeno que la de cualquier adulto y no requiere intervenciones, excepto:
higiene básica,
hidratación suave si hay resequedad,
protector solar.
Todo lo demás sobra.
El riesgo químico es real
Muchos productos de skincare —incluso los que parecen inofensivos— incluyen ingredientes que pueden dañar la piel infantil:
Ácidos exfoliantes (AHA, BHA).
Retinoides o derivados antiarrugas.
Fragancias artificiales.
Conservantes potentes.
Disruptores endocrinos.
Estos últimos son sustancias químicas que pueden alterar el desarrollo hormonal y afectar el crecimiento, la pubertad e incluso la fertilidad en el futuro.
El riesgo dermatológico es inmediato
Se han documentado casos en que niñas sufrieron:
irritaciones severas,
alergias en párpados y mejillas,
dermatitis de contacto,
manchas provocadas por ingredientes fotosensibles,
quemaduras químicas.
Una investigación de la Universidad Northwestern analizó videos de niñas entre 10 y 13 años en TikTok y encontró rutinas con entre 6 y 14 productos, muchos de ellos de lujo y pensados para piel madura. En un caso, una menor terminó con quemaduras en la cara; en otro, una niña confesaba levantarse a las 4:30 de la mañana para tener tiempo de aplicar todos sus productos antes de ir al colegio.
Eso ya no es juego.
El impacto psicológico: el problema que no se ve, pero puede durar toda la vida
Si los riesgos físicos ya son suficientes para alarmarse, los psicológicos no se quedan atrás.
Los especialistas en salud mental están viendo un aumento de:
Distorsión de la imagen corporal
Niñas que sienten que “no están bien” si no se ven perfectas.
Presión estética desde edades cada vez más tempranas
Antes la adolescencia marcaba el inicio de las inseguridades típicas del desarrollo.
Hoy, esa presión aparece en la primaria.
Normalización de productos caros y consumismo temprano
A los 8 años, muchas niñas ya manejan conceptos como “serum”, “anti-frizz”, “ácido glicólico” o “retinol”.
A los 10, piden regalos de cumpleaños de más de 50 euros para “cuidar su piel”.
Confusión entre autocuidado y estética
Se instala la idea de que verse linda es parte de “cuidarse”, y eso es peligroso.
El autocuidado infantil debería basarse en:
descanso,
juego,
afecto,
salud emocional,
alimentación,
actividad física.
No en productos de cosmética.
¿Cómo acompañar como madres y padres? Consejos prácticos
La clave no está en prohibir todo, sino en informar, acompañar y poner límites saludables.
1. Conversar sin miedo
Hablar con ellos sobre:
publicidad,
influencers,
presión social,
cómo funcionan realmente los productos.
Que entiendan que no todo lo que ven online está pensado para su edad.
2. Enseñar hábitos simples y reales
Un niño necesita:
- Lavar su cara una o dos veces al día con un producto suave.
- Usar protector solar para jugar afuera.
- Hidratarse si su piel lo necesita.
Nada más.
3. Poner límites claros en compras
No es necesario demonizar la cosmética, pero sí establecer reglas.
Por ejemplo:
nada de ácidos,
nada de productos anti-edad,
nada de rutinas complejas,
nada que prometa resultados que ellos ni necesitan.
4. Diferenciar entre juego y cuidado real
Pueden maquillarse para jugar, disfrazarse o experimentar con colores usando productos infantiles, no cosmética adulta.
El maquillaje de juego no debería quedarse pegado como una rutina diaria.
El mensaje final: un niño no es un adulto en miniatura
Los dermatólogos lo repiten con claridad:
Un niño no necesita cosmética.
Necesita salud, juego y protección.
La infancia no debería oler a tónico facial ni sonar a alarma a las 4:30 AM para “hacerse la skin care”.
Debería oler a sol, pasto, plastilina, temperas y helado de verano.
Y si algo tienen en común todas las advertencias médicas, psicológicas y sociales es una frase que vale la pena repetir:
Un cosmético no es un juguete.
Y la piel de un niño no es un laboratorio.




